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El espiritu de las cosas
802 visitas desde el 04/11/2015
Jorge Alberto Dostal

Antiguamente, una gran cantidad de aquellos pueblos humanos que habitaban este mundo, creían que cada cosa poseía un espíritu. Asi, todo lo percibido, era considerado como una entidad viva, incluso el aire, que se lo asociaba como elemento vital.


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Podemos observar como a través del tiempo, diversas culturas representaron un principio universal que se expresaba tras la apariencia de todas las cosas, otorgándoles rasgos y características definidas a las que llamaron virtudes, espíritu o esencia fundamental, como manifestación de lo Sagrado.

Existía una lógica simbólica, ya que este era el modo en que se interpretaba la realidad, el espíritu vivía en los objetos comunes, y estos eran de su devoción, porque entendían que esta sacralidad formaba parte de su vida terrena. Todo lo que conformaba la realidad tenía su esencia en otro espacio, entonces cada cosa era un puente hacia él. De lo que se hacía y como era hecho dependía una transformación en los dos planos.

Aquí se observa una intención manifiesta como arquetipo de lo creado. Este poder ver conciencia en el mundo, pone al ser en un nivel de relación con su propia conciencia, revelando otros significados, para la comprensión humana.

El mundo se actualiza a cada instante, una fuerza natural subyace detrás de cada suceso y así la vida evoluciona incansablemente, manifestándose en todas sus formas. De menor a mayor complejidad, muchos tipos de conciencia también se desarrollan en el mundo, en un lento e interminable proceso.




Asi formas, texturas, colores, niveles de densidad, etc. aportan las características esenciales de cada cosa, aquello que los hace necesariamente de una manera particular, y les confiere una virtud especifica, contribuyendo a una suerte de sincronismo conjunto que solo puede entenderse desde una mirada que abrace, el gran universo heterogéneo, que concentra toda forma de vida.

Podría citarse cientos de ejemplos que radican en este tipo de creencias, estas eran transmitidas de una generación a otra, y validadas por sus propias experiencias. Es así como la magia impregnaba el mundo de los pueblos antiguos, en todo hallaban las cualidades de un espíritu, evidenciándose de un modo particular que le era propio y lo distinguía de los demás. Se lo veneraba o temía, pero nunca se lo consideraba ajeno a sus propias vidas, ya que eran afectadas por sus influencias, tanto en los quehaceres cotidianos como en otros espacios de su tiempo, dedicados a las ceremonias, o rituales religiosos.

Todo, hasta aquello que parece inerte posee vida, cambia se modifica y transforma. Es que en realidad no vemos “cosas”, sino instancias de un extenso universo de procesos. Si tomamos cualquier objeto e imaginamos su propia historicidad, como aquello que fue, lo que es y lo que luego será, veremos que éste es realmente un proceso del que solo apreciamos un determinado fragmento, que sería su estado actual. Y como nosotros también formamos parte de esta transición que se desenvuelve a lo largo de la vida, se nos hace difícil apreciar las transformaciones que suceden a nuestro alrededor e incluso en nosotros mismos.

En el estado de conciencia habitual, nuestra visión del mundo es parcial y se limita a lo inmediato, el resto solo actúa como copresencia, pero en un nivel que logre elevarse por sobre nuestros intereses provisorios, prejuicios y creencias establecidas, aunque sea momentáneamente; veremos cómo aquello que observamos cobra otro significado.

Es cuestión de ensayar otro emplazamiento, del que surgirán registros que difieren de los habituales, los que necesariamente provocan cambios internos, en aras de poder ser integrados. Salir de la mecanicidad a la que estamos acostumbrados es intencional, y hasta que se logra grabar con mayor permanencia, se va pendulando entre ambas miradas.

Este ejercicio mental amplía la capacidad de “pescar” aquello que comúnmente se nos escapa, advirtiendo que cada registro nuevo se hace posible merced a un acto de conciencia que ejerzo, sino por primera vez, será de manera desacostumbrada.

Pareciera como que el mundo fuera sensible a esto, y se muestra del modo en que es observado. Si lo hacemos de manera superficial solo veo las apariencias, pero si profundizo, eso que intuyo se manifiesta en las formas que contemplo. Pero va mas allá de una traducción de impulsos, es como que el dato parcial que me llega, se completa develando un sentido distinto a lo que veo y siento en esos instantes.

Cuando los contenidos de conciencia se ordenan de manera coincidente con las impresiones perceptuales que poseemos del mundo, se produce integración, porque el centro de gravedad permanece en equilibrio entre ambos. Entonces la energía utilizada en aislar contenidos se libera, permitiéndonos ampliar la conciencia hacia otros espacios del siquismo.

Esto puede constatarse de un modo empírico, habida cuenta de que en el caso de disociación se produce un abismo entre espacio interno y externo, sin importar que a sabiendas los dos formen una misma estructura. Es que lo que observamos puede ser integrado de diferentes maneras y el entramado relacional que le da sentido a tal percepción puede diferir, según opere en él un trabajo de armado, como modo de estructuración mental.

No vemos un mundo de objetos, sino la representación que de ellos hace nuestra conciencia, como si determináramos la forma de cada pieza, en un rompecabezas capaz de armarse de mil maneras distintas.

Entonces podemos alienarnos envueltos en un mar de contradicciones con respecto a nuestro entorno, o articular contenidos que configuren una estructura donde uno y otro mundo se reflejen armoniosamente. Existe una estructuralidad universal como arquetipo para la conciencia, donde lo uno y lo otro, resultan necesariamente complementarios.

Cuando el espacio interno, en algún aspecto, encuentra concordancia con el campo de realidad que observo, ese algo, resuena como registro de unidad. Es que conciencia y mundo actúan en forma conjunta, y esa sinergia que se produce entre ambos es lo que va modificando nuestra actitud interna. Solo la experiencia provoca cambios verdaderos, para que el umbral establecido entre ellos se derrumbe. Porque actúa como un espejo donde unidad o desintegración se reflejan inexorablemente.

La conciencia posee intención, y en su vocación de no sobrepasar los márgenes de la coherencia, nos muestra un mundo amigable, según nuestras propias creencias de cómo deben ser las cosas. El cerebro que es la interfaz entre los estímulos que nos llegan del mundo, y nuestra representación de ello, tiende a inhibir las sensaciones que no concuerdan con nuestro interés. De modo que nuestra percepción siempre está condicionada entre estos parámetros que podríamos llamar de “normalidad”.

Esta intencionalidad de la conciencia, con el tiempo termina fijándose en un estado que podríamos denominar habitual, desde donde se trabaja con significados establecidos con antelación, lo que le otorga cierta estabilidad y dirección. Por eso es necesario un cambio de emplazamiento para elevar el nivel de trabajo que la conciencia desarrolla en base a la masa de datos perceptuales que posee.

El mapa interno ordena su sistema de registros no siempre de manera prolija, ya que muchas veces existe cierta controversia entre lo que se asume como dato fidedigno de la realidad, lo que es solo una presunción, con lo que se intuye como caracteres implícitos de las cosas que la conforman. Existe un salto cualitativo de nivel, cuando la percepción apresa esos intangibles, en principio no de forma permanente, quizás sea un instante, pero eso basta para integrar contenidos que modifican la estructuralidad de la imagen acabada que teníamos de las cosas.

De manera que la determinación del pensar opera sobre la percepción del mundo y el modo en que se ordenan nuestros contenidos internos. La apercepción, por ejemplo tiende a romper esta inercia sicológica, convirtiéndome en el observador de mi propia mirada, esto amplia los márgenes perceptuales al punto de verme incluido dentro de un espacio que solo apreciaba como distante de mi.

No existe un emplazamiento fijo e inamovible, ya que por lo general este fluctúa entre la identificación o el ostracismo, lo que no nos permite advertir, que estos extremos en su justa mitad, se complementan. Permanentemente atravesamos el límite que divide un espacio del otro, cuando precisamente el límite es el lugar donde debiéramos permanecer.

Como anteriormente señalaba, existieron culturas que aprendieron a convivir, conciliando las cosas del cielo con las de la tierra, haciendo de su realidad un vínculo con los espacios sagrados, aun lo que era invisible a sus ojos, se manifestaba a su comprensión de algún modo. Dentro de esa hierofanía, todo tenía un sentido, y este guiaba sus vidas.

Hoy nuestra conciencia explora el mundo de manera fragmentada, y sus elementos aislados pierden su entidad real sacándolos de contexto. Sin embargo hasta la partícula mas diminuta de materia guarda un universo en su interior y a la vez constituye un lugar preciso en una estructura mayor que la contiene y le da razón a su existencia.

Una fuerza anima la dinámica de todo proceso, que evoluciona estuctuandose en relación a ámbitos mayores, donde la conciencia se expresa configurando la diversidad de formas, caracteres y sistemas, que interrelacionados, constituyen nuestro mundo.

El ser humano, dentro de este encuadre, sospecha, intuye, presiente que es algo mas de lo que aprendió a creer que es, entonces se van vislumbrando comprensiones, atisbos de una verdad que se evidencia transformándonos, porque el Ser y el saber se desarrollan juntos, uno modifica al otro inevitablemente.



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