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El Reino de la Otredad
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Jorge Alberto Dostal

El ser humano elabora representaciones mentales, no solo de aquello que percibe, sino también, del contexto situacional que actúa en copresencia del acto perceptivo. Según el nivel en el que se realice la observación, la atención fluctúa modificando alternadamente los registros que de ella tomamos en cuenta, ya que mecánica o intencionalmente, la mirada oscila entre una visión focalizada o periférica, de mayor o menor profundidad, pero siempre influido por la subjetividad de nuestro propio emplazamiento.


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En este estado mental ordinario, no es posible construir representaciones puras, toda representación sobrepasa al objeto, revistiéndolo de lo que pretéritamente ha sido y lo que potencialmente posee en su capacidad de ser, desde esta perspectiva las representaciones son producto de la actividad elaboradora del individuo y se derivan, por tanto, del propio funcionamiento cognitivo.

Sin embargo, aunque las construcciones son definidas individualmente por cada persona, básicamente en su mayoría estas pertenecen a un entramado de significaciones establecidas socialmente, así como el lenguaje con el que nos comunicamos. Entonces mas allá del saber adquirido en base a experiencias vicarias, heredadas culturalmente, poseemos la facultad de organizar nuestros pensamientos como esquemas de conocimiento conformados por la propia vivencia, lo que sumado a lo anterior configura un estereotipo de realidad consensuada, y aceptada socialmente.

El conocimiento humano es convencional, ya que este debe ser representado, para sí o para otros, bajo algunas de las formas de significación aprendidas e integradas como algo heredado tradicionalmente. Es así que aquello que lo constituye debe ser definido de alguna manera, y como la significación que utilizamos es lineal, del mismo modo es nuestro sistema de representación en lo que respecta a la ideación del mundo.

La expresión es un reflejo del modo de percibir aquello a lo que aludimos y si el mundo se nos aparece como una consecución de actos, cosas y sucesos aislados, entre si y de su entorno, es que no captamos el vínculo que existe entre ellos relacionalmente, y la naturaleza simultanea que en realidad posee. Todo objeto de percepción, es delineado según nuestro relativo y variable punto de vista, así aquello que consideramos un limite, podría considerarse como factor de unión entre una y otra cosa. Pero no es que todas las cosas que vemos separadas son una, sino que no existe tal separación, ya que están ligadas a su entorno.




Ninguna forma existe aisladamente, sino solo en relación con las demás, así un objeto sólo puede distinguirse en relación con el espacio que lo rodea, ya que este demarca sus límites, estableciendo la forma que le es propia. Podemos notar que las formas se manifiestan por contraste, como sonido y silencio, plano y relieve, materia y espacio, y emergen a la realidad no como opuestos sino como complementarios inseparables, interdependientes, surge el uno del otro, y sólo por gracia de la división convencional de la que nos valemos para percibir el mundo, se los puede considerar aparte.

Entonces pretender hallar homogeneidad en un paisaje tan diverso, es tan errado como creer que existe una separación en todo aquello. Todo objeto carece de naturaleza propia, de realidad independiente, ya que siempre se manifiestan con relación a otras cosas. Existe una tendencia relacional en la mirada, pero tan estrecha que solo conforma fragmentos, partes aisladas de la totalidad real. Asi es que debemos hilar las experiencias una tras otra, para darle una significación contextual a lo vivido, lo que nos da un registro lineal de los acontecimientos, acomodándolos en un espacio que denominamos tiempo.

Tal concepción es un armado práctico para la conciencia, si nuestro interés es desenvolvernos en función de cuestiones circunstanciales y adaptativas al medio, pero nos aleja de registros que en un encuadre mayor, otorgan un sentido distinto a la experiencia, no como cuestión perceptual, sino como estructuradora de la conciencia. Lo que observo es lo mismo pero se estructura de modo diferente. El entramado relacional puede diferir de una cultura a otra, porque opera en ellas un trabajo de armado que las distingue, según el modo de estructuración mental.

De ser necesario la conciencia puede modificar la estructuración de aquellos datos que aportan los sentidos, asi como el entorno puede llegar a alterar el sistema perceptual humano, ambos interactúan transformándose, gracias a la plasticidad de su interrelación permanente. Los estímulos se integran del modo en que se los traduce y esto condiciona nuestra propia manera de existir en el mundo. Vemos y clasificamos los objetos como existencias individuales, sin otra relación que su funcionalidad con respecto a nuestro interés, por lo que nos es difícil detectar que la realidad es una sucesión de procesos simultáneos que convergen transformándose a cada instante en algo diferente, y que de esta manera operan como nueva situación.

Cada elemento resulta modificado en la constante dinámica de los acontecimientos, no en su forma sino en aquellos atributos que se le confieren, pasando de ser una cosa para convertirse en otra según la instancia en la que se encuentra, aunque normalmente nuestra representación de ella permanezca siendo la que nos da la memoria como imagen cristalizada de lo que es.

La percepción esta íntimamente ligada al lenguaje, ya que al fin de cuentas, es de algún modo una traducción conceptual de la experiencia, la denominación en el rotulo que clasifica y califica lo dado. El universo se nos presenta como un inmenso texto poblado de signos que estimulan nuestras habilidades interpretativas, este proceso de representar la experiencia para darle significado dentro de un sistema de asociaciones, es lo que en sentido amplio se entiende por lenguaje. Establecemos un dialogo perpetuo entre conciencia y mundo, basados en estos significados, porque así como nos expresamos por medio de el, éste también es quien condiciona la forma en que interpreta nuestra mirada.

Cada palabra refleja una idea y cada idea un pensamiento, y es a través de ellos que observamos todo. No vemos las cosas como percepción sensorial, ya que cada sensación se procesa neurológicamente por separado, no es que exista un área del cerebro que contenga la imagen total de un objeto, solo es un armado subjetivo condicionado según distintas apreciaciones. Dadas asi las cosas, la naturaleza perceptual se ve acotada por un mero reconocer en la experiencia, guardando una especie de homeostasis sicológica, que no excede de los parámetros aprendidos, como resguardo del equilibrio y estabilidad mental.

Pero no vemos objetos sino información, que es interpretada de un modo determinado por esta tendencia, con la que configuramos nuestra idea de realidad. Nuestro sentido de separatividad es un hábito creado y mantenido por medio de la experiencia y avalado pragmáticamente por la mayoría de las personas. Pero esta concepción se derrumba, si vamos mas allá del mero hecho de rendirle culto oral a la consigna de “sentirse uno con el todo” y nos situamos tras los márgenes perceptuales, desde donde nosotros mismos nos vemos incluidos, para notar entonces, que dentro de ese campo de combinaciones complejas, aislamos deliberadamente las cosas, entendiéndolas en relación con lo que no son, como una única manera conocida de atrapar la experiencia. Cada cosa que vemos depende, para ser lo que es, de muchos factores que conforman un sistema mayor que la comprende, y todo ocurre de manera simultánea, para que asi sea.

Creamos fronteras que determinan lo que somos y lo que son las cosas, limites que según se perciba, se desplazan estrechando o expandiéndose de acuerdo a nuestra perspectiva. Este hecho solo, seria suficiente como para que notemos que no son divisiones reales, ya que varían constantemente, a pesar de darnos una sensación en apariencia estable. En el mundo manifiesto las diferencias se intensifican mientas mas identificados con la experiencia estamos, si atiendo al mundo perceptual y sus objetos, toda apreciación desde este emplazamiento estará sujeta a una suerte de concepción binaria, que necesariamente fragmenta la realidad para poder identificar aquello que la conforma.

Comúnmente nos encontramos frente al mundo, sin tener registro de que formamos parte de el. Somos el observador que se desplaza por el gran escenario, sin advertir que para otros somos parte de la escenografía que constituirá su propia realidad sobre aquello. Para aquel somos objeto, una presencia mas en lo que designará como paisaje externo, ajeno a su persona. Dentro de ese espacio, nuestro ser determina como sujeto y es determinado como objeto recíprocamente y todo aquello en su conjunto, es lo que constituye la dinámica perceptual, de un espacio que lo abarca todo.

Aunque exista cierta empatía con otras formas que pueblan nuestro espacio perceptual, vivimos alienados de cuanto nos rodea, solo aquello que podemos sentir como propio, nos da un registro de entidad como persona.

Amen a la dialéctica aprendida, que establece la conceptualización de un mundo material ajeno a nuestra humanidad, quedamos absueltos de procurar cualquier intento de modificar esta óptica, ya que en ella se sustenta nuestra idea de individualidad, la que no solo nos aísla de todo lo que percibimos, sino también, a todo aquello entre si.

El mundo de la otredad se desvanece si logramos comprender que cada parte es constitutiva de un todo, que nosotros mismos estamos integrados por partes, que éstas organizadamente, conforman una unidad y tal es el registro que poseemos de nuestra persona. Lo otro, lo que consideramos externo, del mismo modo, es un factor fundamental en la configuración de una entidad mayor, que nos incluye.

Creamos divisiones constantemente, disociando una cosa de otra para analizarla y comprenderla, y en esto estriba un gran error, porque al delimitar con respecto a su entorno, al objeto de mi interés, lo abstraigo de un medio que le es naturalmente propio, y en conjunto, es lo que fundamenta su existencia. No puedo concebir acertadamente que es algo, abocándome al estudio minucioso de una de sus partes; todo lo que es, lo es en relación a otras cosas.

La separatividad es una ilusión, en cuanto es causada por la perspectiva que tenemos desde nuestra mirada habitual. Es evidente que una visión auténticamente holística o integral de la realidad deberá también ir acompañada de un nuevo tipo de conciencia que contemple el presente desde una perspectiva más abarcadora tanto para el individuo, con respecto a lo que cree de si mismo, como en su relación con el mundo.



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