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Fiascos en la predicción científica y técnica
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Lamberto García del Cid
Sociología, Ciencia

La experiencia de la mayoría de los científicos es que la mayor parte de nuestras ideas, al final, resultan equivocadas. (Lee Smolin)


Las ciencias progresan que es una barbaridad. Y para barbaridades, la poca visión, obcecación o poco talento de ciertos personajes de relieve dentro del mundo científico e institucional a la hora de evaluar novedades técnicas o logros científicos. Más hubiérales valido permanecer calladitos. O mejor no, porque si no hubieran abierto la boca, esta entretenida digresión no se podría haber escrito. No se intenta en ella ridiculizar a los hombres que las profirieron en otros aspectos personas muy competentes , sino mostrar a quienes poseen poder de decisión sobre la financiación o aprobación de líneas de investigación, que deben pensárselo dos veces antes de rechazar ideas novedosas o excéntricas. Y sin mayores preámbulos, comienzo.


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El astrónomo Ptolomeo declaró en el siglo II que ningún hombre podría cruzar el ecuador, pues los rayos verticales del sol harían hervir los océanos y arder los barcos de madera.

Diderot, en 1754, si bien reconocía que se vivía una gran revolución en las ciencias, pronosticó que a tenor de la preferencia de los escritores de la época por la moral, la ficción y la historia natural, antes de que transcurrieran cien años no se hallaría en Europa ni tres grandes geómetras de la talla de Euler, D’Alambert o Bernoullis. Luego (claro que él nunca lo supo) surgieron Riemann, y su nueva geometría, y Gödel y Kaluza y Klein...

El naturalista francés Conde de Buffon (1707-1788) mantenía la absurda creencia de que las cosas vivientes del nuevo mundo eran inferiores en casi todo a las del viejo mundo. Para Buffon (Historia natural) América era tierra donde las aguas estaban estancadas, el suelo era improductivo. Los animales eran de escaso tamaño y sin fuerza al estar su constitución debilitada por “vapores nocivos” que emanaban de sus pantanos podridos y sus bosques sin sol. En semejante entorno hasta los indios nativos carecían de virilidad: “No tienen barba y carecen de pelo corporal”, aseveró sagazmente, “y carecen de ardor por lo femenino”. Sus órganos reproductores eran “pequeños y flojos”.

El astrónomo Joseph de Lalande escribió en 1782: "Mírese como se quiera la cuestión, es enteramente imposible que el hombre se alce en el aire y flote en él". Lalande sería luego director del Observatorio de París a comienzos del siglo XIX, a pesar de haber impedido con esta y otras frases similares el proyecto de François Blanchard de fabricar un globo. Al año siguiente de emitir el anterior juicio, en 1783, los hermanos Montgolfier lanzaban el primer globo y en 1785 el propio Blanchard franqueaba el canal de la Mancha con el suyo.



En 1829, el gobernador de Nueva York, Martin van Baren, dirigió la siguiente carta al entonces presidente de la nación Andrew Jackson: "... los vagones de "ferrocarril" son arrastrados a la enorme velocidad de 15 millas por hora, por "locomotoras" que, además de poner en peligro la vida y la integridad de los pasajeros, rugen y resoplan a su paso, incendiando las cosechas, espantando el ganado y asustando a mujeres y niños. El Todopoderoso nunca tuvo intención de que la gente viajara a tan rápida velocidad". ¿Opinaría ahora que el todopoderoso no lo es tanto?

Dionysius Lardner, profesor de Filosofía y Astronomía de la Universidad de Londres, poseía dos doctorados y 15 distinciones educativas amén de una medalla de oro por sus trabajos relativos a las máquinas de vapor. En 1834 llegó a afirmar este sabio británico que si le fallasen los frenos a un tren dentro del túnel proyectado en pendiente por el ingeniero Isambard Kingdom Brunnel en la localidad de Box, cerca de Bath, el tren alcanzaría una velocidad superior a los 215 Km. por hora, lo que ocasionaría la muerte, por asfixia, de todos los pasajeros. Según sus cálculos, los trenes no deberían pasar de los 30 Km. por hora, ya que si no, acarrearía consecuencias nefastas para la salud.

Cuando aparecieron los barcos de vapor, se les vio poco futuro. Sobre este particular, el eminente profesor Dionysius Lardner, de cuya perspicacia ya hemos hablado en el punto anterior, manifestó: "Tanto podrían los hombres esperar andar sobre la luna como cruzar el Atlántico en uno de esos barcos de vapor". Falta de visión por partida doble. Sus argumentos, presentados en 1836 a la British Association, comprendían pruebas matemáticas e irrefutables de que un viaje trasatlántico de 5.000 Km. era imposible, habida cuenta de la gran cantidad de carbón que deberían llevar consigo los buques. El límite lo situaba el reverendo en 3.600 Km. También se cuenta que Napoleón, cuando se disponía a invadir Gran Bretaña, rechazó los consejos del ingeniero norteamericano Robert Fulton, quien le proponía construir barcos de este tipo. Parece ser que el emperador despreció la sugerencia del ingeniero yanqui de la siguiente forma: "¿Cree usted que haría navegar un barco contra el viento y las corrientes simplemente encendiendo una hoguera bajo sus puentes?"

En 1835, el filósofo francés y matemático Augusto Comte, fundador del positivismo lógico, argumentó que la composición química de las estrellas estaba más allá del conocimiento humano. No sólo se equivocó el ilustre francés sino que lo hizo a destiempo. Cuando se pronunció en ese sentido, los físicos se interrogaban sobre las misteriosas líneas oscuras que Joseph von Fraunhofer había encontrado en el espectro del sol. Una generación más tarde, Gustav Kirchhoff y Robert Bunsen descubrieron que las líneas eran producidas por los elementos químicos del sol. Cuando se dirigía un espectroscopio hacia una estrella distante, éste desvelaba mediante líneas de tono diverso su composición química.

Sir William Symonds, Armada Real Inglesa, 1837: "Incluso si la hélice fuese capaz de impulsar un barco, resultaría completamente inútil en la práctica, dado que al aplicar la fuerza a lo largo del eje del barco, sería imposible conseguir que éste girase".

En 1839, el doctor francés Alfred Velpeau, dijo: "La eliminación del dolor en las operaciones quirúrgicas es una quimera. Es absurdo continuar investigando por ese camino. El bisturí y el dolor son dos palabras que estarán asociadas para siempre en la conciencia del paciente". Siete años después de este desacertado comentario se introdujo la anestesia en los hospitales.

Allá por el año 1846, el eminente fisiólogo alemán Johannes Müller manifestó que la velocidad del impulso nervioso jamás podría medirse. Seis años más tarde, en 1852, consiguió medirlo uno de sus más destacados discípulos.

La teoría de las glaciaciones del científico suizo Louis Agassiz (1807-1873) fue desestimada y denigrada sobre todo en Gran Bretaña, donde la mayoría de sus naturalistas no habían visto un glaciar en su vida y desconocían la fuerza demoledora de las grandes masas de hielo. Uno de estos naturalistas, Roderick Murchison (1792-1871), comentó en un encuentro científico en tono de broma: "¿Pueden las grietas y el pulimentado de las rocas deberse al hielo?". Hasta el final de sus días clamó contra esos geólogos "locos por el hielo (ice-mad)" que creían en la fuerza devastadora de los glaciares. William Hopkins, profesor de Cambridge y miembro destacado de la Sociedad Geológica, participaba de esta opinión, argumentando que la idea de que el hielo pudiera transportar semejantes rocas presentaban "absurdos mecánicos tan obvios" que la hacía inválida para ser tenida en cuenta por la Sociedad Geológica.

A mediados del siglo XIX el jefe de la oficina de patentes de los EE.UU. dimitió de su puesto y recomendó por carta al presidente de la nación, que se cerrase la oficina porque pronto no habría ya nada que inventar.

Un error de hombre

Bischoff fue uno de los anatomistas de mayor prestigio en Europa a mediados del siglo XIX. Una de sus ocupaciones favoritas consistía en pesar cerebros humanos. Tras años de acumular datos advirtió que el peso medio del cerebro del hombre era de 1350 gramos, mientras que el promedio para las mujeres era de 1250 gramos. Durante toda su vida utilizó estos datos para defender ardientemente una supuesta superioridad intelectual de los hombres sobre las mujeres. Siendo un científico modelo, a su muerte donó su propio cerebro para la colección. El correspondiente análisis indicó que su cerebro pesaba 1245 gramos.

En 1876, un alto ejecutivo de la Western Union manifestó que el teléfono poseía tantas limitaciones que no podía considerarse seriamente como un medio de comunicación.

En 1878, el profesor de la Universidad de Oxford Erasmus Wilson pronosticó que: "En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella".

Poco después de que Alexander Graham Bell demostrara en Estados Unidos la utilidad del teléfono, se le pidió un comentario a Sir William Preece, ingeniero jefe de Correos de Gran Bretaña, sobre la aplicación de esta novedad en el Reino Unido. Sir William Preece replicó: "No, señor. Los norteamericanos necesitan el teléfono, pero nosotros no. Tenemos muchos niños mensajeros".

Cuando Edison anunció en 1878 que estaba trabajando sobre la bombilla de luz eléctrica, se creó una comisión parlamentaria en Gran Bretaña para investigar la posible utilidad del proyecto. La comisión de expertos dictaminó que esa idea fantasiosa era quizás buena para los amigos de más allá del Atlántico pero poco valiosa para merecer la atención de los prácticos hombres de ciencia británicos.

En 1878, el físico Du Moncel presentó el fonógrafo de Edison en la Academia de las Ciencias de París. Apenas hubo oído su sonido el también físico Jean Bouillaud saltó de su asiento y agarró a Du Moncel por el cuello con un vigor impropio de sus ochenta y dos años mientras gritaba: "¿Cómo se atreve usted a intentar engañarnos con trucos de ventrílocuo?" Seis meses después el académico M. Bouiflaud presentó en la misma docta institución una dura diatriba contra el fonógrafo, porque era imposible, según afirmó, que la noble palabra humana fuese reemplazada por un innoble metal.

Algunas "joyas" del propio Thomas Edison (1847-1931):

  • El cine hablado no suplantará al cine mudo. Se necesita tal inversión en medios para realizar películas de este tipo que sería absurdo intentarlo. (1913)
  • Me resulta notorio que las posibilidades del aeroplano, que hace dos o tres años se pensó que representaba la solución al problema de la máquina voladora, están agotadas y que debemos buscar en otra parte. (1895)
  • En quince años se venderá más electricidad para vehículos eléctricos que para iluminación. (1910)
  • No hay defensa que justifique el uso de la alta tensión y la corriente alterna, bien sea desde el punto de vista científico o comercial… Mi deseo es que se prohíba por completo el uso de la corriente alterna. Es innecesaria, además de peligrosa. (1889)
Cuando Roentgen anunció el descubrimiento de los rayos X, Lord Kelvin, uno de los científicos más respetados de la época, manifestó que se trataba de un elaborado engaño. El mismo Lord Kelvin ya le había aconsejado antes a Roentgen que dejase el asunto de la radio, pues no tenía aplicación práctica. Y luego vino Marconi, y todo lo demás. Este Lord Kelvin, repito que científico respetado, fue también autor del siguiente comentario sobre el libro de Darwin El origen de las especies: "Hallamos algo en cada página que demuestra la futilidad de la filosofía de Darwin". Argumentaba el viejo Lord que la Tierra era demasiado joven para haber propiciado la evolución. Es posible que la Tierra fuera demasiado joven para haber propiciado "su" evolución.

En 1894, el científico Albert Michelson, manifestó durante una conferencia que aunque no podía asegurarse que el futuro de la física no depararía ya maravillas como en el pasado, sí parecía probable que la mayoría de los principios básicos de ésta se hallasen ya establecidos y que los avances futuros sólo podrían esperarse de la aplicación más rigurosa de los mismos. La física del futuro, según el perspicaz científico, debería dedicarse a la disciplina de la medición, haciéndola cada vez más rigurosa, pues el resultado cuantitativo sería más deseable y productivo que el cualitativo. Poco después ocurrieron las dos revoluciones más importantes que haya experimentado la física: la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica.

En 1901, George Sutherland vaticinó que el submarino apenas tendría utilidad bélica "porque era inútil esperar que sus tripulantes pudieran ver a gran distancia bajo el agua?"

El astrónomo norteamericano Simon Newcombe manifestó que una máquina que volara era "completamente imposible". Semanas más tarde los hermanos Wright, con su todavía imperfecto prototipo de aeroplano, realizaban su primer vuelo.

Palabras de H. G. Wells, en 1902: "No creo en absoluto que la aeronáutica entre jamás en juego para modificar de manera importante los medios de transporte".

Tan en época cerca como 1909, el gran físico inglés J. J. Thomson seguía insistiendo: "El éter no es una creación fantástica del filósofo especulativo, es tan esencial para nosotros como el aire que respiramos".

"Los aviones no poseen valor militar"
(Prof. Marshal Foch, 1912)

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, el astrónomo William H. Pickering se manifestó en contra de la gente inculta que cree tonterías: "El espíritu popular a veces se imagina máquinas voladoras gigantes que llevan a toda velocidad a innumerables pasajeros a través del Atlántico. Tales ideas son totalmente visionarias. Aunque una máquina lograse llevar a uno o dos pasajeros, éste vehículo sólo estaría al alcance de aquellos capitalistas con recursos para tener yate propio". Supongo que, de vivir cuando tuvo lugar la primera emisión de acciones de la compañía Boeing, no compraría ninguna participación.

En 1917, Robert Milikan, que recibiría el Nobel en 1923, afirmó la imposibilidad de aprovechar las reservas de energía contenidas en el núcleo atómico. Rutherford expresó la misma opinión en público el 11 de septiembre de 1933 durante una conferencia en la British Association for the Advancement of Science, opinión que mantuvo hasta su muerte. De la misma opinión, Otto Hahn, el descubridor de la fisión nuclear del uranio, cuando le preguntaron si creía posible la domesticación de la energía atómica, exclamó: "No me cabe duda de que sería contrario a la voluntad de Dios". Por lo visto, conocía poco a Dios.

"Ha llegado el momento de extirpar de la física aria los últimos vestigios del espíritu semita. El átomo alemán no se parece en nada al átomo judeo-marxista".
(Johannes Stark, Premio Nobel 1919)

Basil Liddell Hart (1895-1970), militar británico, afirmó: "algunos fanáticos discuten la posibilidad de que la caballería acabe por extinguirse y profetizan que el avión, el tanque y los automóviles sustituirán al caballo en las guerras futuras. Yo creo que el valor del caballo y su aprovechamiento en el futuro serán mayores que nunca..."

Anton Lumiére, padre de Auguste y Louis Jean Lumiére, los inventores del cinematógrafo, desdeñó sustanciales ofertas por el invento de sus hijos alegando que el aparato llevaría a la ruina a los posibles compradores. Afirmaba el padre que el aparato ingeniado por sus hijos: "podría ser explotado durante algún tiempo como una curiosidad científica, pero fuera de esto, no tiene ningún porvenir comercial".

Ernst Mach (1838-1916), profesor de física en Praga y en Graz y catedrático de filosofía en Viena, dijo sobre la Teoría de la Relatividad: "Acepto tan poco la teoría de la relatividad como la existencia de los átomos y demás dogmas idiotas. Soy un hombre de ciencia y no un clérigo ignorante".

Cuando Robert Goddard, en 1920, probaba a lanzar hacía el cielo pequeños cohetes de su fabricación, tanto los vecinos como las autoridades locales protestaron. A este inventor de los cohetes de combustible líquido debe mucho la ciencia aeroespacial norteamericana. Sin embargo, en la época de sus experimentos, el New York Times se reía de él en estos términos: "Parece que al pobre señor Goddard le faltan los conocimientos sobre el vacío que se imparten en las escuelas de secundaria". La "ignorancia" del periodista quedó patente cuando en 1969, los astronautas que pisarían la luna, despegaron de Cabo Kennedy gracias a naves propulsadas por cohetes de combustible líquido del tipo que probaba Goddard en 1920. En esa ocasión, el New York Times publicó una disculpa formal para con el ya fallecido Robert Goddard.

A Marconi y su idea de enviar ondas de radio a través del océano se opuso el propio Hertz, quien opinó que para semejante menester se necesitarían espejos cóncavos de dimensiones comparables a la de un continente. El descubridor de dichas ondas no daba un duro por el experimento. Henri Poincaré también opinaba que la distancia máxima que las ondas de radio podían viajar era de 300 kilómetros, a causa de la curvatura de la corteza terrestre. Se ignora lo que opinaron esos dos científicos cuando Marconi logró su propósito.

En 1926, en Gran Bretaña, tras una polémica donde varios científicos auguraban la posibilidad de los vuelos espaciales, el científico británico Profesor A. W. Bickerton, declaró: "Esta idea descabellada de lanzar un cohete a la luna es un ejemplo de a dónde conduce a los científicos el trabajar en compartimentos estancos. Para escapar a la gravitación terrestre un proyectil necesita una velocidad de 11 km. por segundo. La energía térmica a esta velocidad es de 15.180 calorías. De aquí que la empresa sea prácticamente imposible".

En la feria universal de Nueva York, celebrada en 1939, la compañía Westinghouse presentó a un público entusiasta los modelos de un hombre robot y un perro-robot, llamados respectivamente "Electro" y "Sparko". La era de los autómatas se les antojaba inminente. En la década siguiente, las visiones de un mañana automatizado se generalizaron, se vaticinaba que pronto habría robots-operarios capaces de tomar decisiones e incluso de ejecutar las tareas del hogar.

En 1943 Henry Bruno, un experto en aeronáutica. Predijo que los automóviles comenzarían a declinar tan pronto como se disparase el último tiro en la Segunda Guerra Mundial. Así mismo auguró que el nombre de Igor Sikorsky (el inventor del moderno helicóptero) sería tan conocido como el de Henry Ford, porque su helicóptero reemplazaría al automóvil como medio de transporte. En vez de un coche, cada garaje guardaría un helicóptero. Estos aparatos serían tan seguros y costarían tan poco de fabricar que se producirían modelos pequeños para adolescentes, los cuales, cuando acabasen las clases, llenarán los cielos igual que las bicicletas de los jóvenes ocupaban los caminos en los tiempos de preguerra.

El almirante William Leahy le manifestó al presidente Truman que la bomba atómica (que en esos momentos se estaba desarrollando en Los Álamos) nunca funcionaría, y que se lo garantizaba todo un experto en explosivos.

En 1950, el fundador de la Inteligencia Artificial, Alan Turing, vaticinó que en el año 2000 tendríamos máquinas dotadas de iniciativa, sentido del humor, amabilidad y disposición para enamorarse.

En 1954, el presidente de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, Lewis Strauss, anunció que esta industria generaría electricidad a tan bajo costo que les resultaría más caro medirla y cobrarla que producirla. Partícipe de esta euforia nuclear, la compañía Ford ideó un prototipo de propulsión nuclear, el "Nucleón", un automóvil de aspecto parecido al coche de Batman. El sueño nuclear hizo que los planos de los ingenieros se poblaran de artefactos movidos por la fisión del átomo, artefactos que harían más cortos los trayectos entre lugares distantes. A modo de ejemplo, John H. Hopkins, presidente de US General Dymanics, pronosticó en 1955 que su generación llegaría a conocer aviones de pasajeros con motores atómicos que cruzarían el océano Atlántico en apenas 30 minutos.

En Septiembre de 1957, el astrónomo real británico Sir Harold Spencer Jones, fue preguntado por un periodista acerca de las perspectivas de los vuelos espaciales. Jones contestó: "Los vuelos espaciales son quimeras". Dos semanas más tarde, el primer Sputnik fue puesto en órbita por los rusos.

Los militares siempre han sido un poco tardos en entender los adelantos técnicos, si bien luego han sido los más entusiastas a la hora de aplicarlos, especialmente aquellos que exhibían las propiedades más letales. El presidente Eisenhower, militar al cabo, cuando los rusos lanzaron su primera nave espacial, el Sputnik I, comentó en una conferencia de prensa: "Los rusos han puesto una pequeña pelota en el aire. Esto no suscita en mí el menor recelo".

En 1969, el director de salud pública (Surgeon General) de Estados Unidos, William H. Stewart, anunció solemnemente que era "hora de cerrar el libro de las enfermedades infecciosas". Luego vino el virus de Ébola, la implacable propagación del sida, la enfermedad de las vacas locas, las muertes de escolares debido al E. coli 0157 y otras infecciones, como la recién padecida neumonía asiática, resistentes a los antibióticos conocidos.

Y es que la década de los 60 fue una época de optimismo sin parangón. En 1969, expertos de las grandes empresas americanas aventuraron que en 1979 la duración de la vida humana oscilaría entre 150 y 200 años. Y el futurólogo Herman Kahn pronosticó en 1967 que en el año 2000 dispondríamos de lunas artificiales que iluminarían grandes áreas durante la noche; también tendríamos instalaciones submarinas habitadas, viajes interplanetarios tripulados, explosivos nucleares aplicados a las excavaciones y minería, hibernación de personas por períodos de meses y años, y medicina de alta calidad para los países en desarrollo. También prometió este futurólogo norteamericano que todas las enfermedades habrían sido derrotadas para ese promisorio año 2000. Sí, un optimismo desmesurado.

Diseño para catástrofes

Iben Browning, allá por los años 70, y como resultado de estudios interdisciplinarios, se convenció de que todos los acontecimientos funestos sucedidos a la humanidad podrían repartirse en grupos respondiendo a un diseño todavía desconocido. Para dar con este "recóndito" diseño, Browning construyó un mapa con miríadas de datos, entre otros: las posiciones planetarias durante los acontecimientos más relevantes de la historia conocida, la duración de los reinados de los papas de Roma, la actividad de las manchas solares, la mitología popular, datos de los terremotos, de las glaciaciones, de las guerras, la salud de los últimos presidentes de los Estados Unidos, las cosechas de vinos en Francia entre los años 1599 y 1604, incluso el asesinato de John Lennon. Con todas estas aportaciones, Browning concluyó que el factor de mayor influencia en la historia de la humanidad era el clima. Browning estudió por su cuenta astronomía, inteligencia artificial, e historia. Hombre desconocido salvo para un pequeño círculo de amigos y colegas, sus innovaciones en tecnología aeroespacial, ordenadores y meteorología, afectan diariamente a millones de personas. Su descubrimiento del "diseño" que mueve los acontecimientos, le han permitido pronosticar, con una fiabilidad del 86 %, cambios en el clima y en asuntos humanos. Sus predicciones acerca de terremotos y actividades volcánicas son los más fiables del mundo (por ejemplo, su acierto del terremoto del 19 de Febrero de 1971 en Los Angeles). En 1981 Browning predijo la caída del comunismo y de la Unión Soviética antes del año 2010.

En nuestros días, los augures siguen lanzando sus pronósticos a los cuatro vientos. Así, el predicador evangelista Jack van Impe profetizó por la televisión estadounidense que en torno a 2020 el VIH acabaría con el último sobreviviente de la humanidad. Para esa fecha el sida "habrá convertido a la Estatua de la Libertad en la lápida más costosa de la historia".

Sobre los ordenadores y sus erróneos vaticinios dispongo de varias joyas, como la manifestación del Presidente de IBM Thomas Watson, en 1943: "Creo que existe un mercado mundial para aproximadamente cinco ordenadores" (como curiosidad, y refutación, consignar que sólo en 1996 se vendieron en el mundo 68,4 millones de PC's). En el mismo sentido, y por la misma época, se pronunció el investigador Howard Aiken, quien auguró que las necesidades de cálculo de Estados Unidos no requerían más de cuatro ordenadores. También es ilustrativa esta otra afirmación que se hacía en 1949 en la revista Popular Mechanics: "Los ordenadores en el futuro no pesarán más de 1,5 toneladas". Ken Olson, un experto en ordenadores, en 1977 aseguró que no veía razón alguna por las que los particulares hubieran de tener un ordenador en casa. Y Bill Gates, el magnate de Microsoft, dijo en el lejano año de 1981: "640.000 bytes de memoria debería ser suficiente para todo el mundo". Robert Metcalfe, inventor de Ethernet, vaticinó que Internet se derrumbaría catastróficamente en 1996. En 1997 Metcalfe se comió sus palabras (literalmente) en público. Otro agorero, Bill Joy, el diseñador de los sistemas Unix y Java, ha declarado recientemente a la revista Wired algunas aciagas previsiones sobre esta tecnología puntera. En un plazo no muy lejano, augura, las máquinas adquirirán la habilidad de construirse a sí mismas. En sus propias palabras: "Los robots, los nanobots y los organismos construidos comparten un peligroso aspecto: pueden replicarse por sí mismos. Una bomba sólo explota una vez, pero un robot puede dar lugar a muchos otros y volverse incontrolable muy pronto". Coincide Joy (un nombre poco apropiado para sostener tan "tristes" vaticinios) con Hans Moravec, del Instituto de Robótica de la Universidad Carnegie Mellon, en que estamos "trabajando en la elaboración de herramientas que permitirán construir la tecnología que reemplazará a nuestra especie". Joy conjetura que para el año 2030 es probable que podamos construir grandes cantidades de máquinas un millón de veces más poderosas que los ordenadores de hoy. Y concluye, tenebroso: "El futuro no nos necesita". Mejor hubieran hecho caso todos al padre de la criatura, el célebre matemático John von Neumann: "Parecerá que hemos alcanzado los límites de lo que es posible alcanzar con la tecnología de los ordenadores, aunque uno debe ser cauto con semejantes declaraciones, pues tienden a sonar como tonterías en cinco años".

Una de las últimas predicciones que casi podemos asegurar que su autor se arrepentirá de haber hecho, la realizó no hace mucho el vicepresidente de ingeniería de USWest, la compañía americana de telefonía, señor Wayne Leuk. Leuk argumentaba contra del desarrollo de conexiones de datos inalámbricas de alta velocidad: "Por supuesto, usted puede usarlas en a cien kilómetros por hora, pero no creo que muchas personas van a estar haciendo eso." Al señor Wayne Leuk habría que decirle que no se puede ser tan pacato en la era de la navegación por satélite y de las conexiones inalámbricas de internet.

La cortedad en las predicciones

Pero existe otra faceta de su inexactitud predictiva: su cortedad; es decir, cuando la realidad sobrepasa holgadamente las expectativas. Tomemos la encuesta realizada en 1949 por George Gallup, centrada en los logros científicos previstos para el año 2000: un 88% de los americanos señaló la cura del cáncer; un 63% vaticinó aviones y trenes movidos por energía nuclear; pero apenas un 15% estimó que el hombre llegaría a la Luna dentro del plazo indicado.

¿Y en España? ¿Es que estos fiascos en la predicción científica son patrimonio exclusivo de los extranjeros? ¿No tenemos aquí científicos de renombre que puedan patinar tan "glamourosamente? Veamos: En 1932, los reporteros del diario Ahora, decidieron preguntar a los especialistas más prestigiosos del momento en España, cómo sería el mundo en el año 2000. El doctor Gregorio Marañón, médico cuya fama perdura, señaló que para ese año el cáncer sería una enfermedad histórica, como en su época lo fueran el cólera y la peste. También predijo que para esa fecha habrían desaparecido las infecciones como causa de mortalidad. Santiago Ramón y Cajal, nuestro preclaro Nobel, abominaba de los automóviles. Les hacía responsables de mantener la demografía en equilibrio por las muchas muertes que causaba. Los aviones eran aún peor. Aseguraba que los pilotos de aviación no pasarían de los 50 años porque morirían antes de accidente.

Y no he encontrado más ejemplos porque, la verdad, España tampoco se ha involucrado mucho con la avanzadilla científica. Pareciera que, tras la admonición de Unamuno: "¡Qué inventen ellos!", no sólo nos hubiéramos despreocupados de la ciencia, sino que también hubiéramos tácitamente acordado este otro eslogan: "¡Qué predigan ellos!"

Para concluir, y como recoge Pablo Francescutti en su ameno libro Historia del futuro, quizás fuera acertado, y útil, crear un "Museo de Errores Tecnológicos" como propuso el urbanista Paul Virilo. Allí se guardarían los planos de los puentes que se hundieron, los motores que fallaron, los reactores que se quemaron, las maquetas de los buques que se hundieron, etc. Siguiendo a Francescutti, para Virilo el accidente es una consecuencia indeseada del progreso técnico. No se puede tener progreso sin accidentes. Son hermanos gemelos. En palabras del propio Virilo: "Hay que recordar, sin ser pesimistas, que el resultado ineluctable de toda invención técnica es el accidente".

En ciencia, como en la política o el amor, uno puede poseer los mejores argumentos y sin embargo estar equivocado. (Lee Smolin)

Corolario esperanzador
o
El rincón de los aciertos

No todo han sido fiascos y meteduras de pata. También se han dado aciertos, algunos meritorios. En una obra de Jules Verne recientemente exhumada del olvido, París en el siglo XXI, se anticipa el uso del fax y del transporte subterráneo. En 1892, el alemán Max Plessner, en su obra El futuro de la televisión eléctrica, predijo certeramente el advenimiento de este poderoso instrumento mediático, si bien la basaba en la posibilidad de utilizar una célula de selenio para traducir luz en corriente eléctrica y reproducirla como sonido o imagen. En 1897, el socialista inglés William Morris anticipó la legislación ambiental en Forecast of the Coming Century cuando previó una cruzada para abolir "el privilegio de las personas particulares de destruir la belleza de la Tierra en pos de su beneficio privado". En 1902, H. G. Wells, el novelista británico, anticipó que tan pronto las máquinas voladoras demostrasen su eficacia, serían utilizadas como armas de guerra. Y en 1937, el informe del Comité de Recursos Nacionales del gobierno estadounidense hizo gala de clarividencia al predecir la popularidad de la televisión, el uso extensivo del plástico y la formación de las multinacionales.


Lamberto García del Cid
Zaragoza, 10 de febrero 2011


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Thuiller, Pierre, De Arquímedes a Einstein, Alianza editorial, Madrid 1990

LG/10.02.11

Datos biográficos:

Lamberto García del Cid nació en Portugalete (Vizcaya) en 1951. Es licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao y ha escrito numerosos artículos relacionados con la literatura y la divulgación científica. Tiene dos libros publicados: . La sonrisa de Pitágoras (Matemáticas para diletantes) (Editorial Debate, 2006). . Numeromanía (Números, mística y superstición) (Editorial Debate, 2009) . Números notables (El 0, el 666 y otras bestias numéricas) (RBA coleccionables, 2010)

También ha publicado en revistas: . Contrastes (abril/mayo 2002): "Criterios estéticos en las teorías científicas"

En la actualidad mantiene dos blogs: . Uno de humor irreverente: La oveja feroz (http://laovejaferoz.blogspot.com/) . Y otro de literatura: Lector en desvelo (http://lacomunidad.elpais.com/lector-en-desvelo/posts)



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2011-11-06 17:04:28
Excelente articulo, documentado y preciso, sobre un tema casi ignorado.




2011-11-13 15:40:25
¡Ostras! leyendo lo del famosete Conde de Buffon, me vienen a la cabeza las reduntantes bufonadas de las aseveraciones de astrobiólogos hasta hace unos pocos años, donde las posibilidades de vida extraterrestre era antropocéntricamente lo que nos decía Spielberg en sus excelentes creaciones cinematográficas; hasta que llegaron los descubrimientos de seres "extremófilos", en las condiciones más inverosímiles para esos "eruditos" de la MASA (una oda al realmente genial Ibáñez).

MrFraneque dicit




2011-11-18 10:13:27
jajaja la MASA que bueno





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