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La Farmacia mexicana: Una profesión a prueba de balas
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Eduardo Torres

En el siglo XIX y principios del siglo XX marco de una manera muy intensa el nacimiento y desarrollo de una disciplina muy importante y a la vez olvidada en nuestros días refiriéndome a la Farmacia, disciplina que ha pasado y pasa por diferentes obstáculos, los cuales ha ido de una u otra forma sobrellevándolos tanto a nivel nacional como internacional.


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En el siglo XIX y principios del siglo XX marco de una manera muy intensa el nacimiento y desarrollo de una disciplina muy importante y a la vez olvidada en nuestros días refriéndome a la Farmacia, disciplina que ha pasado y pasa por diferentes obstáculos, los cuales ha ido de una u otra forma sobrellevándolos tanto a nivel nacional como internacional. Particularizando a nivel nacional este contexto acerca de los problemas que embargan a la Farmacia se pueden citar diversos factores ocurridos durante las ultimas décadas del siglo XIX, los cuales abatieron de sobremanera el florecimiento, constancia y utilidad de esta disciplina; algunos de los problemas principales fueron el aspecto legislativo, la falta de empleo, nula iniciativa empresarial tanto del gobierno como de los profesionales, la dependencia tecnología de otros países, así como los conflictos internos de una nación que buscaba un gobierno estable.

Dentro de la problemática de los aspectos legislativos, cabe mencionar que en el siglo XIX no existía una legislación farmacéutica, siquiera una legislación sanitaria sustentable que ayudase a las necesidades de salud pública requeridas para la población de ese entonces, sin embargo, para la Farmacia era importante la expedición de una legislación que diera al farmacéutico campos de estudio como la investigación científica así como a un campo laboral definido que diera alternativa para una mejor cobertura del sistema de salud pública, refiriéndose específicamente a la preparación y disponibilidad de medicamentos en boticas y droguerías y de forma similar la inserción en la industria farmacéutica. No fue hasta el año de 1831 cuando se estableció la Facultad Medica en el Distrito Federal y Territorios la cual como función principal era atender los asuntos sanitarios del país. Uno de estos asuntos principales que atendió con cierta urgencia fue la elaboración de un código sanitario el cual fue el inicio de una organización gubernamental más eficaz. Cabe señalar que este código sanitario no fue el más completo y satisfactorio; aunque existieron varios intentos por complementarlo con nuevas y mejores estrategias, los conflictos políticos, la corrupción y la desorganización del gobierno, así como también la falta de visión tanto de legisladores y de los propios farmacéuticos propició un estancamiento para la expedición de este código; estos últimos de alguna manera no lograron dar una perspectiva audaz a pesar de tener cursos formales de legislación farmacéutica para que ayudaran a definir su identidad y el fortalecimiento de su papel en la sociedad. Una de la soluciones que intento resolver este conflicto legislativo fue la recomendación de Leopoldo Rió de la Loza (Farmacéutico muy notable) de crear una policía medica para la venta de drogas por parte de almacenistas fabricantes, pero de igual forma no fue tomada muy en serio esta propuesta. Afortunadamente tanto para el país como para la profesión existieron diversos personajes comprometidos que contribuyeron de una manera muy significativa a construir las bases primeramente de la profesión, proponiendo y ejecutando una educación competitiva y de calidad para poder contribuir en el avance del florecimiento de la profesión apoyándose en la adquisición de una mentalidad optimista y la aplicación de sus conocimientos para generar a través de estos un marco legal necesario que protegiera tanto sus intereses profesionales como los de la sociedad a sazón de que el pueblo consumiera productos farmacéuticos eficaces y de calidad. Esto obedeció a ciertos cambios importantes en los planes de estudio de la carrera pues se necesitaba abarcar conocimientos que resolvieran las nuevas necesidades de la sociedad y de los profesionales mismos. Para 1841 se creó el Consejo superior de salubridad el cual en materia de farmacia era restringir el ejercicio de esta únicamente a “profesores” autorizados legalmente, así como consentir sólo a los farmacéuticos la venta de sustancias medicinales en los almacenes, permitir el despacho de medicamentos exclusivamente en las oficinas de farmacia, visitar las boticas, almacenes y fabricas de drogas y prohibir la venta de remedios secretos sin previo examen, aprobación y licencia. Este punto ciertamente amable para el farmacéutico no llegó a realizarse adecuadamente pues se le retiro el presupuesto así pues el Consejo quedó desafortunadamente como un órgano de consulta y vigilancia. Una de las acciones a favor de este consejo fue patrocinar la primera Farmacopea Nacional que fue elaborada por la Academia de Farmacia, entonces dirigida por Leopoldo Río de la Loza. A partir de esta publicación a principios de la década de los setentas, se formó la Sociedad Farmacéutica Mexicana, la cual realizó la Nueva Farmacopea Mexicana en 1874, y una segunda edición en 1884 con éxito mundial, lo cual permitió un avance significativo en el reconocimiento y utilidad de la profesión del farmacéutico. Para 1884 la Sociedad Farmacéutica Mexicana publicó la revista “La Farmacia” la cual a través de su existencia abrió un espacio importante de expresión para la acción, reflexión y hacer notar a la sociedad que se cometían abusos en contra de su profesión. Otra complicación de tipo legislativo que dio una estocada casi mortal a la profesión del farmacéutico fue la falta de criterio cuando se promulgó la Constitución de 1857 en su artículo cuarto el cual mencionaba que “todo hombre es libre para abrazar la profesión, industria o trabajo que acomode”, situación que trazó un usurpamiento de la profesión, ya que cualquiera podía ejercerla sin tener en cuenta un título universitario que avalara obviamente conocimientos sólidos conforme a esta disciplina tan delicada y critica, pues eran sujetos que desconocían las bases fundamentales de la ciencia, asimismo involucraba directamente la afectación a la salud de una persona, y no sólo de una sino de una sociedad entera. Este embarazoso momento repercutió de una forma profunda la oportunidad de empleo de los farmacéuticos debido a la competencia desleal por parte de estos charlatanes; en consecuencia la tasa de estudiantes inscritos en la carrera de Farmacia y el interés de la sociedad por estudiar y dedicarse a ella decayó considerablemente. Aunque el gobierno trató de una u otra manera balancear la situación a través de la expedición de normas como el Reglamento sobre boticas y droguerías, el cual exigía que estuviera a cargo de estas un farmacéutico responsable, sin embargo, no fue suficiente ya que por un lado había pocos farmacéuticos que cubrieran la demanda de la demasiadas boticas y droguerías que existían, debiéndose encargar de varias un mismo farmacéutico y el salario que recibían no era el mejor remunerado; por otro lado el no respetar este reglamento por parte de los establecimientos fue una causa dañina para el ejercicio de la profesión. Por lo que en realidad no existió una ley o reglamento que respaldara, defendiera y amparara a los profesionales titulados. Para 1902 surgió el tercer Código Sanitario del país expedido por Porfirio Díaz, el cual tampoco ayudo a resolver estos problemas que se venían arrastrando, pues dejó cabida a la libertad al ejercicio de la Farmacia sin contar con estudios. Este código decía que “En todo expendio de medicinas habrá una persona responsable... el nombre de la persona responsable del establecimiento se inscribirá claramente en la fachada del mismo, en un lugar muy visible y también constará en la etiquetas, indicándose en ambos rótulos si es o no farmacéutico legalmente titulado, y en este último caso el origen de su titulo”. Un problema grave que se suscitó en toda esta desfavorable legislación estuvo relacionado con la validez de los estudios existentes y los planes de estudio de Farmacia desencadenando que los farmacéuticos titulados en algún estado de la república tuvieran que solicitar permisos para ejercer en otro estado, o bien un permiso general para hacerlo en todo el país, esta problemática sin duda debilitó el papel del farmacéutico en la población al enfrentarse a una burocracia totalmente inútil y restrictiva. Una problemática más a la que se enfrentó el gremio farmacéutico estuvo constituido por la incorporación al país de laboratorios extranjeros lo cual ocasionó un cambio bastante drástico tanto en las farmacias como en los propios farmacéuticos, este último tuvo un cambio de papel sin igual pues de ser un profesional experto en preparar formulaciones de tipo magisterial pasó a ser un mero dispensador de especialidades farmacéuticas marcando cambios muy significativos en su campo de trabajo. La invasión de las especialidades farmacéuticas llegó a ser un cáncer bastante perjudicial puesto que estos “medicamentos” si se les puede dar esa denominación, eran de composición secreta lo que ponía en duda su eficacia y la seguridad para el paciente; a pesar de ello la mercadotecnia jugó un comportamiento bastante irracional y que en complicidad con la ignorancia de la sociedad pronto adquirieron una fuerte demanda en el mercado.

Los farmacéuticos por su parte intentaron poner cierta resistencia en contra de estas mencionadas especialidades farmacéuticas, tratando de producir nuevos medicamentos, pero el tema de la investigación y comercialización vio truncada su iniciativa a saber que prácticamente sus productos eran hechos de forma artesanal y muchas veces individualizada por lo cual no tuvo posibilidad para competir cara a cara con esa industria en auge. A raíz de estos acontecimientos se produjeron ciertos comentarios muy interesantes que llevan un significado bastante intenso como el de Juan B. Calderón el cual pensaba que “Esos remedios, anunciados como verdaderas panaceas, no solamente desprestigian nuestra profesión, honrada e incapaz de engañar a nadie, sino que en muchos casos, ponen en peligro la salud del enfermo”. Pensamiento que obviamente contraataca y defiende la profesión de estos charlatanes que vienen a quitarles sus oportunidades. Como ya he comentado anteriormente, la incipiente, escueta y absurda legislación permitió y favoreció la comercialización de las especialidades farmacéuticas en muchas farmacias y en consecuencia las droguerías y los almacenes adoptaron un rol importante en su comercialización, puesto que estos establecimientos daban al público un precio bastante cómodo, al contrario de los medicamentos fabricados por boticarios que eran sumamente caros lo que obviamente aparto a sus clientes. En este ambiente de tensión para el farmacéutico era prioritario la prohibición de estas especialidades a sazón que estos cumplieran con normas que obligaran a estos comprobar su eficacia y seguridad; de lo cual surgieron estos pensamientos “La vente de especialidades injustificadas, no sólo lastima los intereses del profesor honrado, sino que es una plaga social, es ya un tobo a mansalva que el gobierno tiene urgente necesidad de suspender en beneficio del que sufre, quien gasta su dinero y su tiempo para no curarse o ponerse peor... además le hace perder, no sólo el dinero que puede despreciarse, sino la salud, porque esas panaceas, son imposibles; los pomposos anuncios que sólo sirven para embaucar al desgraciado a quien los dolores le ofuscan la razón. Así tenemos medicamentos que siendo una medicina, cura todas las enfermedades gastrointestinales, por ejemplo”. Teofilo Cervantes por su parte comentaba que “... al consentir y aún autorizar el ejercicio de la medicina, farmacia y obstetricia sin título, por contemporizar con los intereses creados... ¿qué valen los intereses de 200 boticarios en contraposición de los de otros tanto farmacéuticos y más de 700,000 habitantes del Distrito Federal? Otro error de los señores Concejales consiste en considerar a la botica como un comercio”. Esta opinión claramente acusaba y predestinaba al gobierno con que algún día se arrepentiría por ignorar a los Farmacéuticos. B. Villosa en su opinión predecía que “... la profesión de farmacéutico atraviesa en México, desde hace algunos años, una crisis tan terrible que vista la situación no hace falta ser un lince para cual será el final a muy corto plazo, eso es, que dentro de algunos años (no muchos) será más difícil encontrar un Farmacéutico que a un brillante de 1000 quilates”. Pensamiento que por su verdad no se podía despreciar y que al paso de los años en México se cumpliera. A pesar de los defectos de la legislación, la actitud de las autoridades y los propios farmacéuticos hago nuevamente hincapié a los hombres notables que haciendo grandes esfuerzos lograron de alguna manera defender a su profesión, entablando batallas de las cuales muchas de ellas perdieron sin embargo no se dieron por vencidos y que apoyados en su trabajo condujeron a la profesión hacia un nuevo camino, adjuntándose ahora con la química y la biología que sucediera algunos años después. Dentro de este periodo de tiempo es importante señalar que aquellos hombre han servido y sirven aún de ejemplo a las nuevas generaciones que intentamos comprender nuestra profesión y ampliar nuestro criterio, por tanto es necesario dar una visita al pasado y de alguna forma contribuir a la lucha en contra de este tipo de arbitriaridades como la falta de visión, el conformismo, la dependencia tecnológica y científica de otros países; por lo que en consecuencia se necesita de una sofisticación de pensamiento que llegue a ser nacionalista e innovador que impulse a la profesión a darle un papel protagonista en la vida cotidiana del país, refiriéndome a la administración, manejo y dispensación de medicamentos de una forma racional por farmacéuticos así como la creación de sociedades civiles, instituciones gubernamentales, centros de investigación y publicaciones especialidades por dar algunos ejemplos. Concluyo este ensayo externando que sólo con el apoyo integrado entre Farmacéuticos y dejando de lado intereses personales, se podrá llegar a tener una profesión fuerte, sustentable, influyente y sobre todo un futuro prometedor, auxiliándonos por supuesto en los errores del pasado; todo esto a favor por supuesto de la ciencia y la salud de la sociedad que es a fin de cuentas para lo que estamos formados.

LITERATURA CITADA 1. Mariana Ortiz, Javier Puerto, Patricia Aceves. La reglamentación del ejercicio farmacéutico en México. Parte I (1891-1902). Revista mexicana de ciencias farmacéuticas. 2008, 39, 12-19. 2. Francisco Dosil, Gerardo Sánchez. Continuidades y rupturas. Una historia tensa de la ciencia en México. 2010.

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