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¿Seguridad? ¿Qué seguridad?
La cuidad del miedo. Políticas de seguridad: prevención y represión
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Jaume Curbet
Universitat Oberta de Catalunya

Sociología

http://www.barcelonametropolis.cat/es/page.asp?id=23&ui=338

Ante situaciones de inseguridad, presa del miedo, la sociedad aprecia más las actuaciones represivas contundentes que la reflexión sobre las causas de los conflictos. Sorprende comprobar la persistencia en la aplicación de unas mismas recetas para el tratamiento de una multiplicidad de situaciones delictivas.


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¿Qué significa la seguridad en un mundo que se encuentra sumido en un continuo proceso de evolución? Incluso en los mejores tiempos, como nos recuerda Watts1, la seguridad nunca ha sido nada más que temporal y aparente.

La seguridad que se obtiene con el control del riesgo, para las sociedades humanas supone la capacidad de persistir en sus características esenciales ante las condiciones cambiantes –en un inevitable equilibrio dinámico– y, al mismo tiempo, ante las amenazas probables o reales. De manera que este equilibrio incierto entre estabilidad e innovación resulta una condición indispensable para la pervivencia –en sus esencias indestructibles– y, a la vez, para la evolución que permite adaptarse a los nuevos retos de toda sociedad.

No parece tener demasiado sentido entonces la reiterada y conflictiva contraposición política entre seguridad (estabilidad) y libertad (creatividad), porque ambas, en su justa medida, constituyen ingredientes esenciales para cualquier fórmula de gobierno que pretenda garantizar la convivencia y el desarrollo humanos.

Convertidos en valores exclusivos, tanto la libertad que rige la expansión mundial de la red única de comercio y de la red global de información como la seguridad que acapara la praxis política de los estados, acaban generando muy a menudo un escenario de infinita inseguridad social, debida a los excesos de una libertad de mercado sin controles cívicos, y de inseguridad civil, debida a la restricción de derechos y libertades causada por un exceso de seguridad [2].



Trías [3] nos invita a pensar las cosas a la contra, o a partir de sus caracteres sombríos: no tanto la felicidad, como el sufrimiento; no la libertad, sino las formas de servilismo y cautiverio; no la justicia, sino los extremos de desequilibrio en la distribución de riqueza, poder u honores que, en forma de inmensas desigualdades, constituyen el terreno abonado para las injusticias más flagrantes. Y, en consecuencia, haría falta añadir: no la seguridad, sino la inseguridad; es decir, los riesgos que derivan en desastres y los conflictos que se materializan en violencias; así como las debilidades reales o percibidas que alimentan la creciente demanda social de seguridad.

Pero por qué entretenerse en comprender la inseguridad si lo que queremos es seguridad? ¿No nos perderemos en las profundidades aparentemente insondables de las causas que alimentan los riesgos y los conflictos? ¿De qué nos podría servir un buen diagnóstico si no aporta la solución al problema?

Cuando el temor aflige, la seguridad se convierte en una necesidad perentoria, sin importar tanto el conocimiento de las causas que generan la inseguridad. Y esto tiene, desde luego, consecuencias nada desdeñables: basta con un crimen de gran impacto mediático, por ejemplo, para provocar una oleada de demandas de endurecimiento de las leyes penales, de más contundencia policial y, con relativa facilidad, de aplicación estricta de la cadena perpetua.

Cuando, en un momento y un lugar determinados, aumenta repentinamente la percepción social de inseguridad, también lo hace una irreprimible pasión prescriptiva: todo el mundo parece saber con exactitud qué es lo que se debe hacer y, ante el alud de propuestas de acción, se abren paso en la opinión pública aquellas que resultan más originales, efectistas y drásticas. Tienen una especial aceptación las propuestas de actuación represiva que permitan identificar culpables, individuales o colectivos y preferentemente extranjeros, a quienes se pueda aplicar inmediatamente medidas contundentes. Estos “palos de ciego”, lanzados con un auténtico desdén por cualquier esfuerzo de comprensión de las verdaderas causas del malestar, e incluso contradiciendo toda lógica, parecen aportar sosiego momentáneo a una comunidad enardecida, ansiosa de restablecer el orden alterado lo antes posible y casi a cualquier precio.

La víctima principal de esta incomprensión profunda de los hechos que causan la ansiedad colectiva es, sin duda, la justicia. Indudablemente, la prisa por expulsar la inseguridad y restablecer el orden es poco compatible con la prudencia, el sosiego, el rigor indagatorio y la ecuanimidad requeridos para la búsqueda de la verdad. La inseguridad pierde así, en la medida que la despreciamos, su calidad principal: indicarnos los puntos de fractura en que estallan –en forma de violencias– los conflictos generados en las relaciones sociales. De forma que, voluntariamente ciegos, quedamos condenados a tratar simples síntomas, a perseguir sombras y, en el peor de los casos, a agravar el problema de inseguridad con estrategias de seguridad contraindicadas.

Cada violencia supone el punto de ignición de un conflicto específico, su manifestación extrema, que debe ser tratado con una estrategia apropiada. Tiene poco que ver, por ejemplo, el asesinato de una mujer a manos de su marido con el atraco a una joyería; o bien una estafa multimillonaria con el enfrentamiento entre bandas rivales. Y, a pesar de todo, sorprende comprobar –tanto en los medios de comunicación, como en la opinión pública y en las autoridades gubernamentales– la persistencia de una fe de carbonero en la efectividad milagrosa de unas mismas recetas –endurecimiento de las medidas penales, instalación de elementos físicos y electrónicos de vigilancia, ampliación de las plantillas policiales, tolerancia cero– para el tratamiento de una multiplicidad de situaciones que no parecen tener más en común que su calificación jurídica como delitos.

Sólo así se entiende que después de más de tres décadas de “guerra global contra la droga”, con una asignación de recursos económicos y el uso de unos medios colosales, ni la cifra mundial de consumidores de sustancias prohibidas ni la superficie dedicada a la producción de estas sustancias hayan dejado de crecer, así como tampoco la violencia organizada y la corrupción directamente asociadas a este tráfico ilegal. Y un camino similar parece haber tomado la “guerra global contra el terrorismo”, emprendida por el mismo actor: basada en un diagnóstico incompleto –en la medida que renuncia drásticamente a comprender las causas y sólo enfrenta los efectos– que, inevitablemente, la condena a empeorar el problema que se pretendía resolver.

A pesar de todo no parece que estemos identificando una simple anomalía en las políticas de seguridad. Todavía menos, tal y como se pretende a menudo, se trata de una obcecación académica por el diagnóstico que obstaculiza la eficacia de la acción contra la inseguridad. La renuncia a profundizar en el diagnóstico de las causas del denominado “problema de la droga”, o del “problema del terrorismo”, constituye una condición previa e indispensable para declarar y sostener, más allá de las trágicas evidencias de su fracaso, primero la “guerra contra la droga” y después la “guerra contra el terrorismo”.

De manera que no sirve ser ingenuos. El desprecio deliberado por un diagnóstico preciso de los conflictos que estallan, demasiado a menudo, en violencias, así como la limitación de las políticas de seguridad a un tratamiento de los efectos, no siempre inocuo, sin ni siquiera procurar acercarse a las causas de la inseguridad ciudadana constituye una opción política de graves consecuencias para la convivencia. Y, en última instancia, estas políticas de seguridad han acabado siendo más parte del problema que la solución de éste.

Notas

1 Watts, A. (2001). La sabiduría de la inseguridad. Barcelona: Kairós.

2 Tomo de prestado los términos “inseguridad social” e “inseguridad civil” de Castel, R. (2003). L’insécurité sociale: Qu’est-ce qu’être protégé? París: Seuil.

3 Trías, E. (2005). La política y su sombra. Barcelona: Anagrama.

Invierno (enero – marzo 2010)



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